SESGOS

Hija de la tradición, la pintura se ha debatido desde el siglo XIX hasta nuestros días en medio del colimador de la representación. Como pocas, ha sido una zona que intenta escaparse de su mismo cuerpo pero con el tiempo este la vuelve a entrampar. Otras áreas pueden estar asistiendo a problemáticas similares hoy en día, el video o el cine por ejemplo, que por momentos también parecen anonadados en sus mismas reglas –como una suerte de “nuevo” espacio cuasi pictórico en sus modos de ser contemplados– y comparten con la añeja técnica muchos de sus conflictos internos: el ser un espacio retiniano de acción intelectiva, emotiva, reproductor de construcciones sígnicas, icónicas y simbólicas que en gran medida no ofrece por su ensimismamiento una producción, sino esa reproducción referida. Esto, que puede afectar al arte visual en general, se hace más ostensible en la pintura por haber sido quien domina transhistóricamente el reino de lo plástico hasta comienzos de la segunda mitad del siglo XX. Tras ese momento es que convive más fuertemente con otras modalidades, con el cine y los Media como nuevos rostros de un espíritu epocal que hoy se hace más complejo con la irrupción tecnológica emergente.

En el centro, la pintura se debate, busca airearse, oxigenarse, revisar ese camino aún no perdido que es inherente a su contenido: no la realidad misma, sino su representación. Como parte del arte nos invita a imaginarnos otra realidad, o sea, a criticar y transformar la existente modelando otras. Por eso su conexión y asimilación de otras disciplinas, fuentes o referentes.

Ese puede ser un punto de entrada para estas obras de Leticia Sánchez Toledo, pues cada una resulta de una “selección emotiva” transmediática –comprendiendo el diálogo interior entre lo cinematográfico y lo pictórico como un pretexto para ensayar personalmente procesos que implican lo intelectual, lo presuntamente culto, lo emocional individual, lo morfológico o lo estilístico–. Por supuesto que podemos jugar dentro de ellas al reconocimiento de sus referentes, tanto en la imagen misma como en el modo de su representación. Leticia, desde un blur analógico que recuerda a Richter pero también a los futuristas y además a ciertos trucos ópticos de Velázquez, detenta potencialmente varias “manos”, varias posibilidades del pintar.

Si para algunos esto no es importante, en PUZZLE FICTION esa sutil diversidad interna no es sólo técnica, es medio para un contenido que emana del proceso de selección de la imagen. Este proceso no resulta de un acto intelectualizador, calculado o frío como puede ser en Richard Estes, el mismo Richter y entre nosotros en José Ángel Toirac o Raúl Cordero. Posee más del interés por la intensidad emotiva y la temporalidad de Degas y Hopper. Y bebe de la pintura no solo como ventana virtual sino como objeto –a la manera que ensayaron dadaístas, postdadaístas como Rauschenberg–. Por eso esa segmentación de su propuesta en esta muestra, donde la obsesión cinéfila es un médium para expresar estados anímicos personales atrapados en esta suerte de stills que vuelven, con la luz, a adquirir otra materialidad física y otra espectralidad.

Y ese es otro nivel que me puede interesar de algunas de sus obras: una suerte de misterio. Leticia, tal vez inconscientemente, vuelve al dictum duchampeano de la puerta entornada: al objeto que es el arte –sea cual sea su naturaleza– con su carga de misterio, que no regala la idea, que no insulta la inteligencia del espectador; que, aún en ciernes en su caso, enreda y juega.

PUZZLE FICTION es un tiempo, común pero esta vez filtrado por lo individual, y una sensación emotiva atrapados en cada lienzo. Con un movimiento y una luz que comprenden lo aciago y lo liberador. Mas proponen para el espectador, como puzzle intertextual, un redescubrimiento del dato referencial y de cómo este opera, fuera de su contexto originario, para expresar otras ideas y sensaciones.